Promesa 29: 2 Pedro 3:13 (nuevo hogar)

Me encanta contemplar el Gran Cañón del Colorado. Cada vez que me acerco a la orilla, descubro nuevas pinceladas de la mano creadora de Dios que me dejan sin aliento.

Aunque no es más que un simple (aunque grande) «agujero» en la tierra, me lleva a reflexionar en el cielo. Una vez, un niño de once años, muy sincero, me preguntó: «¿El cielo no será aburrido? ¿No te parece que nos cansaremos de alabar a Dios todo el tiempo?». Pero, si un «agujero en la tierra» puede ser tan asombrosamente bello que no podemos dejar de mirar, ¡cómo será el gozo de ver a la propia Fuente de la belleza, nuestro Creador amoroso, en la plenitud maravillosa e inmaculada de la nueva creación!

David expresó este anhelo al escribir: «Una cosa he demandado al Señor, ésta buscaré; que esté yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor» (Salmo 27:4). No hay nada más bello que la presencia de Dios, que se nos acerca en esta Tierra mientras lo buscamos con fe, hasta que lo veamos cara a cara.

Ese día, no nos cansaremos de alabar a nuestro Señor asombroso, porque nunca dejaremos de descubrir aspectos nuevos de su bondad exquisita. Cada instante en su presencia nos dejará sin aliento ante la revelación de su belleza.

Gracias, Señor, por el precioso hogar que nos estás preparando por toda la eternidad. No merecemos este gran regalo. Miramos con esperanza el pasar la eternidad en tu presencia.

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